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Los rumanos

VICENTE VERDÚ EL PAÍS -Última - 25-09-2004

En Bucarest he conocido a un grupo de intelectuales muy cultos y afables, fumadores minerales, pesimistas de abolengo y desconectados. Cada uno de ellos conoce bien dos o tres idiomas extranjeros, cuando no más, pero los lectores del mundo, fuera de sus compatriotas y algunos estudiosos, no saben rumano ni planean aprenderlo en el porvenir. El reconocimiento, pues, de que su lengua es una desventaja lo viven con evidente pesar. Ellos pueden curiosear en las afueras, pero ¿quién puede entrar en ellos? Su lengua es un nido de identidad irrenunciable, pero es también una pantalla que les ciega la identificación externa. ¿Ser sólo escritor para unos pocos? ¿Un simple escritor doméstico? ¿Un novelista de proyección casera sin importar la calidad o la atracción? Más o menos así es esta maladie derivada del rumano, el húngaro o el albanés. ¿Desearía alguien contraerla también? Pues sí. Ésta es la enfermedad que han promovido con orgullo los nacionalistas, vascos, gallegos o catalanes. La consecuencia, al cabo, es que, como informaba La Vanguardia, tras años de este aprendizaje, los jóvenes hablan cada vez menos entre ellos la lengua local. Para quienes sostuvieron que fue Franco quien la achicó debe ser una lección este desapego de los chicos. Pero así son, de cualquier manera, las cosas: hay lenguas que prosperan y otras que decaen o desaparecen por su cuenta y su razón. Sacar de la agonía al euskera o de su regresión al catalán es un acto de amor: amor patriótico, amor a la biodiversidad, pero ¿amor a la enfermedad rumana? Todas las horas que se han escatimado al aprendizaje del castellano se han entregado heráldicamente a los idiomas de las autonomías "históricas". El paso siguiente será la autodeterminación y el siguiente la automoribundia. ¿O es que todavía creen los jefes nacionalistas que el resto del mundo acabará convertido a su causa y a su lengua que, a veces, ellos mismos tan sólo usan ante el altavoz?
Sin levantar la voz, con su actitud natural, los amigos rumanos trasmitían no ya el doloroso placer de la diferencia, que tiene su morbo, sino el mal de la limitación que, pensando en España, se ha inculculado a millones de ciudadanos y con los honores de una conquista ejemplar.

Lo sagrado

VICENTE VERDÚ EL PAÍS - Última - 02-10-2004

Decía Unamuno que el lector lee, por lo común, aquello que espera leer y no percibe claramente lo que no encaja en sus casillas del bien y el mal. Es decir: el que no quiere entender no entiende. Así, cuando alguien publica algo fuera del carril hay que prepararse para la mala interpretación e incluso para unas condenas extravagantes sobre aspectos inventados por los receptores. En cada experiencia de éstas, cuando llega, uno se pregunta para qué escribir si todo el mundo parece saber y amar previamente lo que quiere. Pero así es la persistencia en la escritura apoyada en la vana aspiración de ser entendido cabalmente.
La lengua de mi esposa, de mi madre, de mi pueblo, de la gran mayoría de mi familia, de mi principal editor, de mi mejor vecina en Madrid, de mí mismo en los espacios de mi mujer, es el valenciano o catalán. Me gusta naturalmente mucho el catalán pero aborrezco la imposición fascistoide de los políticos nacionalistas. Así, el grueso de los lectores que se han manifiestado contra mi columna ("Los rumanos") son gente educada pero cargadísima de recelos y suspicacias puesto que las ideas recibidas se han convertido, bajo la estufa nacionalista, en muy delicadas y divinas. No pertenecen ya al orden de la razón ni crecen con frescura natural sino enardecidas y nimbadas. Nublan, sin querer, la vista y la consecuente reacción es hacer que se detecten intrigas en la misma obviedad. Se diría, a partir de las tergiversaciones recibidas (que si no quiero que se hable catalán, que si prefiero un solo idioma, etc.) que sus autores esperaban ansiosamente sentirse ofendidos para clamar. O que amaron creerse injustamente tratados para saborear el suculento botín de la imbécil maldad del otro. Ahora bien, como la totalidad de quienes han replicado son catalanes -no gallegos ni vascos- les sugiero una consulta local: el informe del Plan Estratégico Metropolitano (El Pais, edición de Cataluña, 9-7-2004) donde se muestra que el sistema educativo pujolista ha logrado que la juventud catalana alcance actualmente el nivel de formación general más bajo de toda Europa -también de toda España- y el último puesto en dominio de idiomas de la UE. ¿Desearon, en su fervor, que fuera así?

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